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anaga, historias en peligro de extinción

Extracto de Postales atlánticas, n. 3: Anaga

Para verlo al completo, accede aquí

 

El Parque Rural de Anaga es uno de los grandes atractivos naturales de Tenerife. Después del Teide, ocupa la segunda opción entre los lugares más visitados por los turistas que cada año acuden a la isla. Anaga se compone de multitud de valles escarpados coronados con bosques milenarios de laurisilva. Una red de carreteras estrechas y tupidas, así como multitud de senderos, permiten visitar las diferentes aldeas aisladas que descansan escondidas entre montañas.

Con todo, la visita al Parque representa una experiencia aparte dentro de lo que ofrece Tenerife. Explorar Anaga supone disfrutar de sus senderos o bañarse en sus playas de arena negra, pero también merodear por sus poblados: Afur, Chinamada, Taborno o Taganana.

Como enclave natural alejado de los espacios urbanizados, conserva con arraigo algunos de los valores y señas de identidad que han definido la sociedad canaria rural del siglo XX. La dificultad de los accesos y el estado de aislamiento de los núcleos urbanos obligó a la población a desarrollar una economía de subsistencia basada en la agricultura y la ganadería. 

En Afur, una aldea en la que viven algo más de 50 personas, tuve oportunidad de entablar conversación con varios de sus habitantes, todos mayores. Ocurrió en la popular venta de José Cañón, un señor muy conocido por su carácter risueño y dado a la broma. Punto de partida para algunos senderos, es el único lugar que permite disfrutar de un descanso para tomar algo y reponer fuerzas. Los estantes del local están llenos de botellas de más de 130 países que le han ido trayendo entre amigos y turistas que vuelven para verlo.

José Cañón, en su venta de Afur (2017)

José Cañón, en su venta de Afur (2017)

José presume de las tierras de Anaga con orgullo aunque se muestra contrariado cuando trata de echar una mirada hacia el futuro. Todos los allí presentes coincidían en el estado de abandono de muchas de las casas y los terrenos de siembra, así como del despoblamiento progresivo y la consecuente pérdida de las tradiciones: «Hoy nadie quiere trabajar la tierra. Cuando nosotros no estemos —refiriéndose a los habitantes que quedan— no sé qué va a pasar con Afur».

Efectivamente, no puedo evitar preguntarme qué le espera a Afur. La sensación es ambigua porque el lugar, enfrascado entre montañas, es una maravilla de las que ya no quedan. Sin embargo, la realidad de los tiempos parece condenarlo a una muerte lenta sin remedio.

José Cañón se muestra encantado cuando pido hacerle una foto. De hecho, dice que nunca se la ha negado a nadie: «Aquí han venido de todos lados. El otro día mismo estuvieron de la televisión alemana». Quizá, consciente del destino del pueblo, disfruta recordando anécdotas y se siente cómodo cuando le piden ser retratado. Rememora con nostalgia el trasiego de los tiempos pasados, las personas conocidas, sus clientes más atípicos… Este hábito que repite a diario con todo el que muestra interés, es el gesto inconsciente con el que José reivindica una vida ligada a su lugar de origen. Sus historias son las historias de Afur.

 

Texto verificado por Raquel Acereda

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El valor y la identidad de un destino turístico

El Puerto de la Cruz fue el primer municipio de Canarias en acoger al turismo de lujo que venía desde Europa, allá por la década de los 60 del siglo pasado.

Lo que fuera un pequeño pueblo pesquero rodeado de plataneras pasó pronto a ser un destino turístico de primer orden, sin apenas tiempo para asimilarlo. Su desarrollo estuvo marcado por aquel boom turístico. Pese a que décadas más tarde, el destino perdiera protagonismo con respecto a otras zonas emergentes del sur de la isla, el Puerto de la Cruz cambió para siempre.

Entre sus ajustados nueve kilómetros cuadrados, el municipio converge en torno a su litoral y crece hacia el interior, ocupando las faldas del Valle de La Orotava, en la costa norte de Tenerife.

El muelle es el lugar más icónico del pueblo. En él todavía pueden verse algunas barcas fondeadas de las últimas generaciones de pescadores que se resisten a abandonar una tradición familiar que sigue ocupando un lugar importante en la memoria colectiva del municipio.

A vista del visitante, las calles mantienen una estética singular que mezcla las construcciones del casco (algunas casonas de arquitectura tradicional canaria, o las casas de La Ranilla, antiguo barrio marinero) con hoteles y apartamentos de estética setentera. Un paseo que mira al mar permite recorrer de un extremo al otro todo el municipio. El casco es una mezcla que guarda, por un lado, la esencia de sus orígenes en forma de casas históricas, balcones canarios, plazas ajardinadas y adoquines. Por el otro, el efecto no deseado de los innumerables comercios destinados al turista, algo decadentes.

El Puerto de la Cruz afronta en la actualidad grandes retos que determinarán el valor del destino para las próximas décadas. Junto a la construcción de algunas infraestructuras de gran calado, como el muelle deportivo y pesquero con su parque marítimo (demanda histórica del municipio), existe la necesidad de diferenciarse con respecto a otras zonas turísticas de la isla.

Frente a otros lugares vacíos diseñados expresamente para acoger al turismo masivo de sol y playa, una de las grandes fortalezas del Puerto de la Cruz es el valor de su historia, aquellos rasgos que lo acercan a una experiencia auténtica que permita al turista no sólo disfrutar de un buen clima y las playas de la isla, sino además hacerle sentir que se encuentra en un lugar con identidad propia, conectado tanto con el pueblo marinero de sus orígenes, como con la gran referencia turística que el municipio representa.

Esa personalidad la definen precisamente aquellos activos que han ido poco a poco perdiendo protagonismo. Hablo de la arquitectura tradicional de su casco escondida bajo carteles comerciales, de los paseos que evocan a rincones centenarios, por supuesto de los grandes exponentes del legado de César Manrique a lo largo de todo el espacio urbano, su gastronomía local, el sentimiento de pertenencia de su gente y los valores que les identifican con el municipio, y, por encima de todo, del mar. El mar como discurso, como hilo conductor. El mar como la pieza desde la que deben encajar todas las demás.

 

(Esta reflexión forma parte del Número 2 de Postales atlánticas, dedicado al Puerto de la Cruz: enlace aquí)

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Turistas, locales: personas

En una de las piscinas naturales de la costa de Alcalá, en Guía de Isora, tuve oportunidad de conocer a un señor muy agradable del norte de la isla. Mientras charlábamos, pasaban hacia un lado y otro parejas aisladas de turistas para hacer uso de las zonas de baño. Observaba que él siempre trataba de saludarles, dedicarles una sonrisa al menos, con afán de interactuar. Un gesto que, aunque sencillo, me llamó la atención porque lo repetía con todo el que cruzaba por allí.

La conversación nos llevó por esos derroteros y no sé cómo acabamos hablando de turismo y flujo de personas. El hombre concluía, en tono reflexivo aunque con cierta lástima, que era una verdadera pena recibir en Canarias tantos millones de turistas al año, gente que va y viene, con la que más allá de un vacío trato comercial, apenas intercambiamos información.

Inmersos en plena sociedad del conocimiento, entre TICs, redes sociales, big data, etcétera, pienso en el valor que tendría esa información potencial, la de los turistas que pasan por Canarias, convertida en un activo para el archipiélago.

Cada día nos tropezamos con muchísimos visitantes extranjeros que obviamos. Seres humanos que de forma inconsciente reducimos a mercancía. No sólo es cuestión de actitud y educación. Hay que tender puentes a todos los niveles para acercarnos al turista, de forma que el intercambio sea gratificante y beneficioso para todos. Por eso, con mucha razón este señor se quejaba. Decía que cada turista que se va es una oportunidad perdida para relacionarnos con personas con otra visión de mundo, otra cultura. Una oportunidad desperdiciada, en definitiva, para enriquecernos como seres humanos.

Extracto de Postales atlánticas (nº 1 - Alcalá)

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La Gomera, la isla tranquila

Artículo publicado en la web oficial de turismo del Gobierno de Canarias: enlace aquí.

(Ruta en coche en un día)

 

La improvisada postal a nuestra llegada, desde el muelle de San Sebastián, enseña un pueblo tradicional aferrado a sus laderas sobre el mar. Miramos hacia la cumbre, nuestra camino se pierde entre curvas barranco arriba. Empezamos la ruta dispuestos a conocer, de un plumazo, las bondades del norte de La Gomera.

Tenemos en cuenta varias advertencias que insisten en lo peculiar de unas carreteras sinuosas, con largos trayectos. Unas rutas que, por otro lado, ofrecen vistas espectaculares que sin duda sirven para conocer la isla desde sus entrañas.

 

 

La orografía está condicionada por la presencia de numerosos barrancos que arañan con fuerza el mapa insular. Sin quererlo nos contagiamos por el silencio que reboza entre los límites verticales de La Gomera. Una isla que, en si misma, es una paradoja. El lugar donde el vacío se reivindica y cobra fuerza para imponerse.

El Parque Nacional de Garajonay ocupa el centro mismo de la isla. Visto desde arriba, su masa frondosa de laurisilva ejerce en el mapa la fuerza de un puño que golpea el paisaje. El lugar desde el que parten hacia el Atlántico los innumerables barrancos que tanta personalidad le dan a La Gomera. Por eso, el paso por su entorno es inevitable si quieres desplazarte entre cualquiera de los distintos pueblos. 

Una vez rodeamos la masa forestal de Garajonay, empieza el descenso desde la cumbre para alcanzar nuestra primera parada: Hermigua. El pueblo se ubica en un valle que presume de ostentar el “mejor clima del mundo”, tal y como reza el propio cartel que da la bienvenida al municipio. El paisaje es bastante escarpado, con laderas repletas de plantaciones locales (viñas, palmeras, cañas, plataneras, etcétera), todo un homenaje visual a la variedad de los productos gomeros.

Hermigua se extiende a lo largo de la carretera general. Las casas siguen su curso hasta casi la misma costa. Nosotros paramos antes, más bien al principio, en una plaza antigua en torno a la cuál se distribuye la iglesia y la antigua escuela. El rincón rinde homenaje a la arquitectura tradicional canaria, y bien merece la pena merodear un rato entre los rincones austeros que desde allí se adivinan.

Retomamos la ruta rumbo a la siguiente parada prevista, el pueblo de Agulo. Entre ambos núcleos, hay un punto clave cuyas vistas proyectan gran parte de la esencia del norte de la isla. Existe un mirador que permite disfrutar desde arriba de una extensión verde de plataneras que llegan hasta los callaos de la playa. En frente se exhibe la isla de Tenerife, quien parece dar la mano a su hermana menor. 

A Agulo se llega a través de una agradable carretera que bordea la costa. Al contrario que Hermigua, la disposición del pueblo se encierra en si misma. Muestra unas callejuelas estrechas y la sensación de que, efectivamente, todo está muy junto.

La calle principal del pueblo, la que lleva hasta la plaza de la iglesia, deja apenas el ancho de un vehículo para su tránsito. Agulo presume de un entorno de calles adoquinadas y casas añejas que teletransportan a la infancia de nuestros abuelos canarios. Un espacio urbano donde el sosiego es la norma, rodeado por un paisaje singular: plataneras, el manto azul del Atlántico, y a sus espaldas, arropándolo, un precipicio altivo copado por la que sería nuestra siguiente parada: el Mirador de Abrante.

Este mirador ofrece una plataforma de cristal con la que uno puede sentirse suspendido en el aire, en mitad del acantilado. El lugar mejora lo visto en Agulo. Desde aquí se erige el Teide imponente frente a todo el litoral del norte gomero. Un espectáculo visual que sin duda resulta de las mejores estampas que te deja La Gomera. 

El camino de vuelta nos regala un paseo a través de la Laguna Grande, en pleno corazón de Garajonay. Aún sin tiempo para poder adentrarnos por uno de los tantos senderos que abundan en el Parque, el trayecto en coche por caminos tupidos de laurisilva milenaria nos deja la sensación de necesitar un día completo para conocer todo lo que ofrece el Parque Nacional. En cualquier caso, traspasar la arboleda no deja indiferente. Una muestra concisa pero igualmente válida de la riqueza natural de los montes canarios.

En dirección hacia el muelle nos topamos con el Roque de Agando, que se alza altivo entre valles a ambos lados de la isla. Hacemos el último alto en el camino para sacar las fotos de rigor. 

Me viene a la mente el famoso silbo gomero retumbando entre estas rocas, el isleño en su afán de superar los reveses de la geografía. ¿Existe mejor forma de acompasar este silencio tan arrollador? 

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Garachico, un viaje en el tiempo

Artículo elaborado para Promotur, Turismo de Canarias, publicado aquí

 

Escribo estas líneas junto al mar, sentado frente a uno de los charcos naturales de El Caletón, en la Villa de Garachico, Tenerife. Mis pies cuelgan. Abajo, a escasos centímetros, queda el océano hoy tranquilo haciéndose hueco entre estas cavidades de lava que dejó la erupción volcánica de 1706.

Resulta imposible entender este pueblo, disfrutarlo, sin hacer especial atención a su íntima relación con el mar. Antaño principal puerto de la isla, lugar de gran prosperidad por el que circulaban mercancías desde América hacia Europa, Garachico ha sabido superar grandes reveses históricos para convertirse en unos de los principales atractivos turísticos de Tenerife.

 

Y con razón. Les hablo de un pequeño pueblo enclavado entre montañas cuya base se asienta sobre coladas de lava ganadas al mar. Su casco histórico, monumental, contiene multitud de casas señoriales que apelan a la bonanza de otros tiempos. Aquí vivieron las familias más acaudaladas de la isla, mercaderes, armadores, comerciantes, agentes de compañías nacionales y extranjeras. Un paseo por sus calles adoquinadas resulta ser un apasionante viaje en el tiempo.

Por eso, te aconsejo que disfrutes tranquilo de cada rincón. Déjate llevar por el ritmo isleño que aquí impera. Una calma acompasada por la cadencia del mar, percibida desde casi cualquier lado. Las calles de Garachico huelen a salitre. En el aire, la sal marina termina por completar un elixir que actúa instantáneo. Compruébalo tú mismo. Aquí, no existen las prisas.

 

Hoy conservada en perfecto estado, la fortaleza que tengo a mis espaldas se ubica incrustada en mitad de estos charcos de El Caletón. El Castillo de San Miguel servía para proteger a la isla frente a posibles ataques de piratas e invasores. A escasos metros, dirección hacia el interior del pueblo, está situada la puerta al muelle antiguo que quedó devastado por el volcán. Ahora da entrada a un precioso parque con jardines, pequeño pulmón verde para este pueblo de mar.

 

Sostengo que Garachico no se entiende sin el mar. De hecho, sus límites lo marcan dos muelles. El primero, el que encuentras nada más llegar tras rebasar el famoso túnel interminable de agujeros, resulta ser un puerto deportivo al uso, de reciente construcción. Sin embargo, yo sugiero el muelle viejo, ubicado al final del pueblo. Imaginen un entrante de mar que toma el rol de piscina natural. Pese a que también existe una pequeña cala, el brazo de este muelle, hoy en desuso, se ha convertido en lugar preferido de disfrute para los bañistas.

Las formas caprichosas y escarpadas de las montañas que rodean la bahía, su disposición casi vertical, otorga al rincón un estado perpetuo de tranquilidad. Baja las escaleras y siéntate mirando el mar. Tal vez encuentres a alguien tomando el sol, leyendo un libro. Quizá también un pescador aislado en sus pensamientos. En el agua, el ritmo lo suele marcar la brazada ligera pero constante de algún nadador solitario, quien sin saberlo, da las claves para el disfrute pleno del ratito y del lugar.

 

El paisaje urbano de Garachico refuerza la idea de estar paseando ante una Canarias que fue. Casas nobles se mezclan con otras cuyas fachadas austeras han sido conservadas realzando su estado original. Sus puertas abiertas, hábito isleño que se ha ido perdiendo pero aquí parece hacer frente a los tiempos, rinden homenaje a la hospitalidad y al carácter abierto del canario.

En las calles, el ambiente sosegado invita a no levantar demasiado la voz. Pasea tranquilo, explora sin miedo a perderte. Una única recomendación: acaba el camino en la Plaza de la Libertad, junto a la Iglesia. En este espacio público entrañable, rodeado de casonas, árboles y jardines, busca un banco o una terraza para sentarte y contemplar la vida de un pueblo desde su epicentro.

 

Sigo sentado junto a estos charcos. Sus figuras caprichosas, ubicadas entre el paseo que atraviesa todo el litoral y el mar, dejan entrar y salir la corriente por diferentes direcciones. Las opciones son múltiples. Puedes ir saltando entre las rocas e incluso llegar a mar abierto para bañarte. Estas piedras volcánicas, las mismas que en su día sepultaron gran parte de lo que fue este pueblo, representan hoy parte de la esencia de Garachico.

Desde aquí me recibe el Atlántico. A un lado el famoso Roque, seña de identidad del municipio. Al otro se divisa el faro de Punta de Teno, marcando el margen noroeste de la isla. Si miro atrás se intuye el pueblo, la iglesia y sus casas más altas, delante de la cordillera que lo vigila. Creo que no puedo pedir más. Estos charcos me han dado la imagen perfecta para recordar a esta Villa de Garachico. La viva expresión de un lugar. Con ella me quedo.

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Fermin, en Afur

Le encontré en la venta del pueblo tomando una cuarta de vino de la zona. Entre otras anécdotas, cuenta con orgullo que lleva viviendo en Afur toda su vida. Cuando era joven, se enamoró de una chica de La Palma y fue hasta allí a buscarla: "Me acuerdo hasta de sus apellidos" -sonríe emocionado. "La cosa no funcionó. Se fue para Bélgica y nunca más supe de ella."

Vive solo en Lomo Centeno, un grupo de casas construidas en cuevas, situadas a 15 minutos barranco arriba desde Afur. Baja todos los días para buscar el pan, aunque hoy además toca cargar la bombona del gas. Le subimos en coche bordeando el barranco con cierto vértigo a través de una pista estrecha de tierra.

Las vistas espectaculares desde su casa enseñan sin barreras las montañas de Anaga y el mar. Fermín insiste en compartir un rato más con nosotros y nos ofrece tomar algo. Su disposición nos ablanda. Conmueve sus ganas de contar cosas, de hacerse escuchar. De reafirmarse ante el silencio cotidiano de unas cumbres solitarias.

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Berlin: la ciudad callada

Me suena el móvil y lo dejo sonar: -"It's too loud", me advierte un alemán sentado frente a mí en este Starbucks, a los pies de la Berliner Fernsehturm. Aquí, desde la antena de comunicaciones que los soviéticos construyeron para mostrar al mundo el poder del comunismo, este berlinés con leve sonrisa que me invita a bajar el volúmen de mi teléfono me ayuda a reforzar una de la grandes sensaciones que Berlín deja en el visitante: el sosiego, la quietud que impera a sus anchas en el espacio sobrio de las calles de la capital alemana. Sus rincones, las confluencias de gente que nunca llegan a ser multitud, destacan por un silencio que parece gobernarlo todo. Un estado latente de tranquilidad vigilada alimentado quizás por la herencia que arrastra Berlín, reconstruída en su práctica totalidad tras la Segunda Guerra Mundial y epicentro de numerosas tensiones reseñables en la historia reciente del mundo occidental.

 

 

Es muy cierto que uno nunca siente la sensación de agobio que podría sentir en cualquiera de las grandes urbes europeas. El hecho de que Berlín no sea el centro económico del país (ciudades como Munich, Frankfurt o Hamburgo han asumido este papel) ha supuesto que la ciudad se establezca como capital administrativa y política, pero sobre todo como referencia cultural, espejo para toda Europa. Dicho estatus le ha permitido mantenerse al margen de la expeculación que se origina allá donde existen grandes concentraciones de capital, por lo que Berlín es, todavía hoy, una ciudad muy segura que lucha además por mantenerse como un lugar asequible para el bolsillo del europeo medio. El precio de los alquileres, la cesta de la compra o un café (la cerveza es más barata que el agua), están muy por debajo de lugares como Londres, París o incluso Madrid.

 

Ciudad extensa, llana. Ambiciosa para caminantes, ideal para el ciclista. Avenidas interminables franqueadas por el hormigón de unos edificios robustos, duros; construcciones que parecen haber nacido y crecido desde las profundidades frías y yermas de esta ciudad, dignas prolongaciones grises de un espacio que parece aspirar a absorberlo todo. Más de 40 kilómetros en los que confluyen, con éxito, exponentes vivos de las dos ideologías que dividieron al mundo durante el siglo XX. Berlín es el desafío posmoderno a la confrontación histórica de dos visiones opuestas de organización social. Un espacio innovador capaz de asimilar experiencias tan distantes y generar, con ello, escenarios inéditos que dan cabida a nuevos hábitos urbanos.

 

Ricas en diversidad, las calles de Berlín huelen a kebab y a currywurst (típica salchicha alemana cubierta de ketchup y curry), pero sobre todo son espacios en los que se respira creatividad. La libertad que tanto ha brillado aquí por su ausencia es hoy la base sobre la que se sustenta todo el movimiento alternativo berlinés: la relevancia de las expresiones artísticas (desde las numerosas galerías de arte hasta las omnipresentes muestras de arte urbano) o el aprovechamiento de entornos obsoletos y su consecuente revalorización como recurso vivo y en constante movimiento, son claros ejemplos que certifican que Berlín ha aprendido de sus desgracias. Siendo el lugar desde el que se lideró el Tercer Reich, y siendo además la única ciudad en el mundo que se vio atravesada con un muro que dividió a familias durante décadas, se erige hoy, sabedora de su historia, como una ciudad libre, abierta y tolerante, hecha para el ciudadano del siglo XXI.

 

Cierto es que el derribo del muro y la consecuente unificación de las dos Alemanias es un factor definitorio de la personalidad de la actual capital germana. Diría incluso que es su leitmotiv. Así, el pretexto sobre el que se construye y readapta la ciudad no sólo supone un reto superado por la sociedad berlinesa, sino que revierte en un movimiento innovador y vanguardista que expone a Berlín hoy tal cual es, con un carácter muy definido. Aquí cohabitan fríos edificios de arquitectura soviética en áreas de amplias avenidas y robustas fachadas simétricas entre sí, con zonas más íntimas (como en los barrios de Mitte o Kreuzberg) en las que uno puede encontrarse portales abiertos al público cuyos interiores albergan espacios generados de manera espontanea, producto de la incipiente actividad cultural berlinesa: rincones con paredes saturadas de graffitis o salones que parecen estar en proceso de deterioro, lugares que pasarían desapercibidos en cualquier lado, cobran en Berlín vida propia y se reivindican como el alma máter de su rejuvenecimiento urbano. Es el vivo ejemplo de la creatividad puesta al servicio de la funcionalidad del espacio. Berlín ha conseguido, sin quererlo, la armonía desde el desorden.

 

La estética del transporte público, por ejemplo, no deja indiferente. Vagones de metro, tranvías, guaguas, todas con la misma forma cuadriculada y bañadas de un amarillo al que no se le ve un rasguño. Estaciones elevadas desde las que despegan líneas de metro que permiten contemplar Berlín desde arriba. Gruesas tuberias de agua a lo largo de toda la ciudad, pintadas de colores, que cruzan el tráfico por el aire siguiendo el curso de jardines o aceras y que evocan a entornos urbanos no conocidos hasta la fecha. Y es que, efectivamente, las sensaciones son tan ambiguas que uno no sabe si trasladarse 50 años atrás o hacia adelante. Obras monumentales -como su imponente Catedral o el peculiar ayuntamiento de ladrillo rojizo- contrastan con edificios modernos acristalados. Berlín es una mezcla de tradición y modernidad. Un ejemplo urbano de superación donde todo, en su diferencia, parece estar rigurosamente pensado, planificado con una alemana rigurosidad. 

 

Al caer la noche, la luz tenue de las calles se encoge invadida por el espacio muerto de las vías, por la grandilocuencia de unas avenidas en las que parece que el espacio sobra. Los fluorescentes chirriantes de los pocos comercios que quedan abiertos se pierden en la oscuridad de unas calles en las que el silencio, a sus anchas, actúa sordo, inhibiendo cualquier alteración eventual que aspire a perturbar un ambiente que, definitivamente, termina por envolverte.

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Lanzarote: isla de colores, isla de contrastes

Artículo publicado en la web oficial de turismo del Gobierno de Canarias. Enlace aquí.

 

Hace apenas un año tuve la oportunidad de visitar Lanzarote con unos amigos. Fue un viaje relámpago que apenas pude planificar y con muy poco tiempo para hacer turismo. Siendo ambiciosos, planteamos recorrer la isla en coche, de punta a punta, con la idea de llevarnos una impresión más o menos completa del paisaje conejero. El plan, que en un principio nos parecía un poco descabellado, permitió que disfrutáramos de un día completo, aprovechado al dedillo.

La idea es alternar la travesía en coche con ciertas paradas clave que ayudan a redondear la propuesta. Lanzarote es una aventura de múltiples colores. Por eso, la ruta en carretera es un viaje de contrastes, sus vías peinan el paisaje volcánico que moldea el alisio. No se trata de ir a toda prisa. La isla misma será la que marque el ritmo. Es un día para usar la cámara, compartir el viaje con tus acompañantes, y sobre todo para dejarse llevar por el espectáculo natural que vas encontrando.

 

Rumbo al Norte

Convencidos de que la mañana da para mucho, madrugamos decididos para poner rumbo hacia el interior de la isla. La primera parada es en la antigua capital: la Villa de Teguise. El pueblo se ordena entre casas blancas impolutas con puertas verdes y calles adoquinadas que invitan a bajar la voz. Desde temprano, el sol se planta con descaro y nos anima a pasear por los alrededores de la iglesia. Teguise nos conquista, salvo por algunos comercios dedicados al turista, todo parece conservado en su estado original. Rincones artesanos, la plaza del pueblo. El lugar invita a imaginar cómo era la vida del pueblo 50 años atrás. Nos contaron que cada domingo hay un mercadillo en el que se exponen los productos típicos de la isla: quesos de cabra, vinos de malvasía, artesanía, etcétera. Una pena no haber coincidido, aunque esto sirviera para no entretenernos y continuar el plan establecido.

 

 

Nuestro segundo destino es el pueblo de Haría. Para ello, salimos desde Teguise dirección norte y atravesamos una carretera que se cuela ascendente entre valles yermos color miel. El trayecto, salpicado con montañas de formas caprichosas, permite disfrutar unas vistas impresionantes desde el corazón mismo de la isla y hacia todos sus puntos. Antes de llegar hicimos dos paradas, ambas recomendables: la primera, en un mirador que apunta hacia el barranco de Tenegüime; y otra que nos permitió divisar el pueblo desde arriba. Tras tomar algo para reponer fuerzas, seguimos adelante rumbo hacia el Mirador del Río.

La visita al Mirador enseña la isla de La Graciosa imponente desde lo alto del Risco de Famara. El lugar fue diseñado por César Manrique, arquitecto y artista canario gran defensor de la conservación del medio natural de Lanzarote. Su visión se percibe en la propia construcción del Mirador, el cual queda completamente oculto en la roca que lo ocupa. Echar un vistazo desde aquí hacia el Archipiélago Chinijo (formado por las islas de La Graciosa, Alegranza y Montaña Clara; y los islotes de Roque del Este y Roque del Oeste) es saludar desde arriba al primer punto en el que el Atlántico toca desde el norte a las Islas Canarias. A lo lejos, inmenso, el horizonte se confunde con el cielo, dibujando un marco azul infinito.

 

Timanfaya

Somos conscientes que dejamos atrás visitas clave, como los Jameos del Agua, la Cueva de Los Verdes ó incluso La Caleta de Famara, lugares muy recomendables pero que requieren al menos media jornada para su disfrute. Con esa premisa bajamos por la carretera de la costa este de la isla, pasando por Arrieta, fijando nuestro próximo destino en el Parque Nacional de Timanfaya. Llegamos a Arrecife y tomamos la salida hacia San Bartolomé, isla adentro, hasta llegar al conjunto arquitectónico del Monumento al Campesino, otro homenaje de Manrique a su isla natal. Desde aquí se reparten las vías hacia todas la direcciones posibles del mapa insular. En la rotonda, debes coger dirección a Tinajo para cruzar la isla de este a oeste. Tras pasar Mancha Blanca, entrarás de lleno en Timanfaya.

La experiencia de conducir entre lava deja una doble sensación, un tanto ambigua. Por un lado el lugar hipnotiza a medida que avanzas. Asusta el vacío pétreo de la piedra volcánica convertida en paisaje. Un negro plomizo que se manifiesta callado, sugiriéndote que quizá el lugar no sea real. Frente a las Montañas del Fuego, las ideas se anulan teñidas del rojo difuminado de sus laderas, ante la violencia del escenario mítico que surgió después del volcán. Timanfaya es un planeta dentro de una isla. Un lugar que se te quedará grabado para siempre.

 

La tarde soñada

La carretera del Parque Nacional termina justo en el pueblo de Yaiza, un núcleo urbano de casas blancas rodeadas por picón del volcán que los isleños usan para la siembra. Antes de seguir hacia el sur, decidimos visitar La Geria dejando atrás el pueblo de Uga. El paisaje es otro auténtico espectáculo: plantaciones de viña distribuidas en medios arcos, cada uno de ellas con su propio hueco en la tierra, con el fin de protegerlas del viento. El resultado es simplemente único. Más si cabe, porque decidimos comer en mitad de la nada, en un establecimiento solitario al que accedimos por una pista de tierra y cuya terraza nos regaló las vistas soñadas hacia el horizonte. Una panorámica copada por montañas saturadas de viñedos junto alguna que otra palmera solitaria. En este escenario y probando el vino malvasía de la tierra, el ratito que allí pasamos entre almuerzo y sobremesa es todavía recordado por los presentes.

Desde el principio del día habíamos planeado acabar con un baño en la Playa de Papagayo, ubicada al sur, cerca del núcleo urbano de Playa Blanca. Se trata de una serie de calas de arena amarilla y aguas de color turquesa, separadas entre si por pequeños desfiladeros y acantilados. Llegamos a Papagayo con tiempo de sobra para algo en el chiringuito y darnos varios baños en la playa. Hasta aquí, el reto estaba más que superado. No contamos con el broche de oro que nos aportó la espectacular puesta de sol desde los altos de la playa. La imagen que guardo grabada en la memoria, la constatación de nuestro éxito, es la luz leve de aquel sol despidiéndose. Aquella claridad escasa proyectada sobre los múltiples tonos de tierra que allí conviven. Era el homenaje perfecto a todo lo vivido aquel día.

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