Artículo publicado en la web oficial de turismo del Gobierno de Canarias: enlace aquí.

(Ruta en coche en un día)

 

La improvisada postal a nuestra llegada, desde el muelle de San Sebastián, enseña un pueblo tradicional aferrado a sus laderas sobre el mar. Miramos hacia la cumbre, nuestra camino se pierde entre curvas barranco arriba. Empezamos la ruta dispuestos a conocer, de un plumazo, las bondades del norte de La Gomera.

Tenemos en cuenta varias advertencias que insisten en lo peculiar de unas carreteras sinuosas, con largos trayectos. Unas rutas que, por otro lado, ofrecen vistas espectaculares que sin duda sirven para conocer la isla desde sus entrañas.

 

 

La orografía está condicionada por la presencia de numerosos barrancos que arañan con fuerza el mapa insular. Sin quererlo nos contagiamos por el silencio que reboza entre los límites verticales de La Gomera. Una isla que, en si misma, es una paradoja. El lugar donde el vacío se reivindica y cobra fuerza para imponerse.

El Parque Nacional de Garajonay ocupa el centro mismo de la isla. Visto desde arriba, su masa frondosa de laurisilva ejerce en el mapa la fuerza de un puño que golpea el paisaje. El lugar desde el que parten hacia el Atlántico los innumerables barrancos que tanta personalidad le dan a La Gomera. Por eso, el paso por su entorno es inevitable si quieres desplazarte entre cualquiera de los distintos pueblos. 

Una vez rodeamos la masa forestal de Garajonay, empieza el descenso desde la cumbre para alcanzar nuestra primera parada: Hermigua. El pueblo se ubica en un valle que presume de ostentar el “mejor clima del mundo”, tal y como reza el propio cartel que da la bienvenida al municipio. El paisaje es bastante escarpado, con laderas repletas de plantaciones locales (viñas, palmeras, cañas, plataneras, etcétera), todo un homenaje visual a la variedad de los productos gomeros.

Hermigua se extiende a lo largo de la carretera general. Las casas siguen su curso hasta casi la misma costa. Nosotros paramos antes, más bien al principio, en una plaza antigua en torno a la cuál se distribuye la iglesia y la antigua escuela. El rincón rinde homenaje a la arquitectura tradicional canaria, y bien merece la pena merodear un rato entre los rincones austeros que desde allí se adivinan.

Retomamos la ruta rumbo a la siguiente parada prevista, el pueblo de Agulo. Entre ambos núcleos, hay un punto clave cuyas vistas proyectan gran parte de la esencia del norte de la isla. Existe un mirador que permite disfrutar desde arriba de una extensión verde de plataneras que llegan hasta los callaos de la playa. En frente se exhibe la isla de Tenerife, quien parece dar la mano a su hermana menor. 

A Agulo se llega a través de una agradable carretera que bordea la costa. Al contrario que Hermigua, la disposición del pueblo se encierra en si misma. Muestra unas callejuelas estrechas y la sensación de que, efectivamente, todo está muy junto.

La calle principal del pueblo, la que lleva hasta la plaza de la iglesia, deja apenas el ancho de un vehículo para su tránsito. Agulo presume de un entorno de calles adoquinadas y casas añejas que teletransportan a la infancia de nuestros abuelos canarios. Un espacio urbano donde el sosiego es la norma, rodeado por un paisaje singular: plataneras, el manto azul del Atlántico, y a sus espaldas, arropándolo, un precipicio altivo copado por la que sería nuestra siguiente parada: el Mirador de Abrante.

Este mirador ofrece una plataforma de cristal con la que uno puede sentirse suspendido en el aire, en mitad del acantilado. El lugar mejora lo visto en Agulo. Desde aquí se erige el Teide imponente frente a todo el litoral del norte gomero. Un espectáculo visual que sin duda resulta de las mejores estampas que te deja La Gomera. 

El camino de vuelta nos regala un paseo a través de la Laguna Grande, en pleno corazón de Garajonay. Aún sin tiempo para poder adentrarnos por uno de los tantos senderos que abundan en el Parque, el trayecto en coche por caminos tupidos de laurisilva milenaria nos deja la sensación de necesitar un día completo para conocer todo lo que ofrece el Parque Nacional. En cualquier caso, traspasar la arboleda no deja indiferente. Una muestra concisa pero igualmente válida de la riqueza natural de los montes canarios.

En dirección hacia el muelle nos topamos con el Roque de Agando, que se alza altivo entre valles a ambos lados de la isla. Hacemos el último alto en el camino para sacar las fotos de rigor. 

Me viene a la mente el famoso silbo gomero retumbando entre estas rocas, el isleño en su afán de superar los reveses de la geografía. ¿Existe mejor forma de acompasar este silencio tan arrollador? 

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