Artículo elaborado para Promotur, Turismo de Canarias, publicado aquí

 

Escribo estas líneas junto al mar, sentado frente a uno de los charcos naturales de El Caletón, en la Villa de Garachico, Tenerife. Mis pies cuelgan. Abajo, a escasos centímetros, queda el océano hoy tranquilo haciéndose hueco entre estas cavidades de lava que dejó la erupción volcánica de 1706.

Resulta imposible entender este pueblo, disfrutarlo, sin hacer especial atención a su íntima relación con el mar. Antaño principal puerto de la isla, lugar de gran prosperidad por el que circulaban mercancías desde América hacia Europa, Garachico ha sabido superar grandes reveses históricos para convertirse en unos de los principales atractivos turísticos de Tenerife.

 

Y con razón. Les hablo de un pequeño pueblo enclavado entre montañas cuya base se asienta sobre coladas de lava ganadas al mar. Su casco histórico, monumental, contiene multitud de casas señoriales que apelan a la bonanza de otros tiempos. Aquí vivieron las familias más acaudaladas de la isla, mercaderes, armadores, comerciantes, agentes de compañías nacionales y extranjeras. Un paseo por sus calles adoquinadas resulta ser un apasionante viaje en el tiempo.

Por eso, te aconsejo que disfrutes tranquilo de cada rincón. Déjate llevar por el ritmo isleño que aquí impera. Una calma acompasada por la cadencia del mar, percibida desde casi cualquier lado. Las calles de Garachico huelen a salitre. En el aire, la sal marina termina por completar un elixir que actúa instantáneo. Compruébalo tú mismo. Aquí, no existen las prisas.

 

Hoy conservada en perfecto estado, la fortaleza que tengo a mis espaldas se ubica incrustada en mitad de estos charcos de El Caletón. El Castillo de San Miguel servía para proteger a la isla frente a posibles ataques de piratas e invasores. A escasos metros, dirección hacia el interior del pueblo, está situada la puerta al muelle antiguo que quedó devastado por el volcán. Ahora da entrada a un precioso parque con jardines, pequeño pulmón verde para este pueblo de mar.

 

Sostengo que Garachico no se entiende sin el mar. De hecho, sus límites lo marcan dos muelles. El primero, el que encuentras nada más llegar tras rebasar el famoso túnel interminable de agujeros, resulta ser un puerto deportivo al uso, de reciente construcción. Sin embargo, yo sugiero el muelle viejo, ubicado al final del pueblo. Imaginen un entrante de mar que toma el rol de piscina natural. Pese a que también existe una pequeña cala, el brazo de este muelle, hoy en desuso, se ha convertido en lugar preferido de disfrute para los bañistas.

Las formas caprichosas y escarpadas de las montañas que rodean la bahía, su disposición casi vertical, otorga al rincón un estado perpetuo de tranquilidad. Baja las escaleras y siéntate mirando el mar. Tal vez encuentres a alguien tomando el sol, leyendo un libro. Quizá también un pescador aislado en sus pensamientos. En el agua, el ritmo lo suele marcar la brazada ligera pero constante de algún nadador solitario, quien sin saberlo, da las claves para el disfrute pleno del ratito y del lugar.

 

El paisaje urbano de Garachico refuerza la idea de estar paseando ante una Canarias que fue. Casas nobles se mezclan con otras cuyas fachadas austeras han sido conservadas realzando su estado original. Sus puertas abiertas, hábito isleño que se ha ido perdiendo pero aquí parece hacer frente a los tiempos, rinden homenaje a la hospitalidad y al carácter abierto del canario.

En las calles, el ambiente sosegado invita a no levantar demasiado la voz. Pasea tranquilo, explora sin miedo a perderte. Una única recomendación: acaba el camino en la Plaza de la Libertad, junto a la Iglesia. En este espacio público entrañable, rodeado de casonas, árboles y jardines, busca un banco o una terraza para sentarte y contemplar la vida de un pueblo desde su epicentro.

 

Sigo sentado junto a estos charcos. Sus figuras caprichosas, ubicadas entre el paseo que atraviesa todo el litoral y el mar, dejan entrar y salir la corriente por diferentes direcciones. Las opciones son múltiples. Puedes ir saltando entre las rocas e incluso llegar a mar abierto para bañarte. Estas piedras volcánicas, las mismas que en su día sepultaron gran parte de lo que fue este pueblo, representan hoy parte de la esencia de Garachico.

Desde aquí me recibe el Atlántico. A un lado el famoso Roque, seña de identidad del municipio. Al otro se divisa el faro de Punta de Teno, marcando el margen noroeste de la isla. Si miro atrás se intuye el pueblo, la iglesia y sus casas más altas, delante de la cordillera que lo vigila. Creo que no puedo pedir más. Estos charcos me han dado la imagen perfecta para recordar a esta Villa de Garachico. La viva expresión de un lugar. Con ella me quedo.

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