Extracto de Postales atlánticas, n. 3: Anaga

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El Parque Rural de Anaga es uno de los grandes atractivos naturales de Tenerife. Después del Teide, ocupa la segunda opción entre los lugares más visitados por los turistas que cada año acuden a la isla. Anaga se compone de multitud de valles escarpados coronados con bosques milenarios de laurisilva. Una red de carreteras estrechas y tupidas, así como multitud de senderos, permiten visitar las diferentes aldeas aisladas que descansan escondidas entre montañas.

Con todo, la visita al Parque representa una experiencia aparte dentro de lo que ofrece Tenerife. Explorar Anaga supone disfrutar de sus senderos o bañarse en sus playas de arena negra, pero también merodear por sus poblados: Afur, Chinamada, Taborno o Taganana.

Como enclave natural alejado de los espacios urbanizados, conserva con arraigo algunos de los valores y señas de identidad que han definido la sociedad canaria rural del siglo XX. La dificultad de los accesos y el estado de aislamiento de los núcleos urbanos obligó a la población a desarrollar una economía de subsistencia basada en la agricultura y la ganadería. 

En Afur, una aldea en la que viven algo más de 50 personas, tuve oportunidad de entablar conversación con varios de sus habitantes, todos mayores. Ocurrió en la popular venta de José Cañón, un señor muy conocido por su carácter risueño y dado a la broma. Punto de partida para algunos senderos, es el único lugar que permite disfrutar de un descanso para tomar algo y reponer fuerzas. Los estantes del local están llenos de botellas de más de 130 países que le han ido trayendo entre amigos y turistas que vuelven para verlo.

José Cañón, en su venta de Afur (2017)

José Cañón, en su venta de Afur (2017)

José presume de las tierras de Anaga con orgullo aunque se muestra contrariado cuando trata de echar una mirada hacia el futuro. Todos los allí presentes coincidían en el estado de abandono de muchas de las casas y los terrenos de siembra, así como del despoblamiento progresivo y la consecuente pérdida de las tradiciones: «Hoy nadie quiere trabajar la tierra. Cuando nosotros no estemos —refiriéndose a los habitantes que quedan— no sé qué va a pasar con Afur».

Efectivamente, no puedo evitar preguntarme qué le espera a Afur. La sensación es ambigua porque el lugar, enfrascado entre montañas, es una maravilla de las que ya no quedan. Sin embargo, la realidad de los tiempos parece condenarlo a una muerte lenta sin remedio.

José Cañón se muestra encantado cuando pido hacerle una foto. De hecho, dice que nunca se la ha negado a nadie: «Aquí han venido de todos lados. El otro día mismo estuvieron de la televisión alemana». Quizá, consciente del destino del pueblo, disfruta recordando anécdotas y se siente cómodo cuando le piden ser retratado. Rememora con nostalgia el trasiego de los tiempos pasados, las personas conocidas, sus clientes más atípicos… Este hábito que repite a diario con todo el que muestra interés, es el gesto inconsciente con el que José reivindica una vida ligada a su lugar de origen. Sus historias son las historias de Afur.

 

Texto verificado por Raquel Acereda

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